PRI: ¿RIDÍCULO PADRE AUSENTE QUE AHORA RECLAMA RECONOCIMIENTO?


En México existe una curiosa figura política: el padre que abandona la casa, deja de pagar la luz, el agua, la escuela de los hijos… y décadas después regresa a exigir reconocimiento porque “la idea de la familia fue suya”. Ese, en esencia, es el papel que hoy interpreta el PRI frente a las obras públicas que finalmente están siendo concluidas y entregadas al pueblo.
De pronto, aparecen voces priístas que, con una seriedad que roza lo cómico, aseguran que los grandes proyectos de infraestructura actuales “ya estaban planeados”, “fueron concebidos por ellos” o incluso “se iniciaron en sus gobiernos”. La narrativa es tan conveniente como reveladora: si la obra funciona, es herencia del PRI; si fracasó durante años, fue culpa de las circunstancias… o de nadie.
La pregunta obligada es simple: si eran tan suyas, ¿por qué no las terminaron?
Ahí están los ejemplos que hoy incomodan. El Tren Interurbano México-Toluca, anunciado con bombo y platillo como una solución moderna de movilidad, terminó convertido durante años en símbolo de retrasos, sobrecostos y tramos inconclusos. Era, en su momento, la promesa de eficiencia… hasta que la realidad lo alcanzó. Hoy, cuando finalmente se encamina a operar de forma integral, aparecen quienes lo dejaron a medias para decir: “esa obra era nuestra”. Vaya manera de reivindicar la paternidad: entregar un esqueleto y reclamar el crédito cuando alguien más lo termina.
El caso del Tren Suburbano Buenavista-AIFA no es muy distinto en esencia. La conexión ferroviaria hacia el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles forma parte de una lógica de movilidad que durante años fue ignorada o subordinada a intereses distintos al servicio público. Hoy que se concreta una infraestructura estratégica que articula la zona metropolitana, también surgen los “visionarios” que aseguran que la idea ya existía. Curioso: la idea sí, pero la ejecución… esa nunca llegó mientras ellos gobernaban.
Y ahí está el punto central: el PRI nunca tuvo problema en imaginar obras. El problema fue siempre para quién estaban pensadas.
Durante décadas, la lógica fue clara: infraestructura sí, pero bajo esquemas que garantizaban negocio para particulares. Proyectos inflados, concesiones a modo, contratos diseñados para amarrar al Estado y asegurar rentas a largo plazo. Obras que, más que resolver problemas públicos, funcionaban como plataformas de negocio privado.
Muchas de esas obras que hoy presumen como “propias” no estaban diseñadas para servir, sino para cobrar. Y cuando el modelo se agotó —o se volvió insostenible—, lo que quedó fueron proyectos inconclusos, abandonados o técnicamente inviables.
Hoy, el Estado ha tenido que intervenir para rescatar lo que otros dejaron a medias. Ha implicado pagar más, corregir errores estructurales y, sobre todo, cambiar el enfoque: de negocio a servicio público. Es decir, no solo terminar la obra, sino redefinir su propósito.
Y entonces aparece el viejo régimen a exigir aplausos.
Porque ahora resulta que quienes dejaron obras a medio construir, o diseñadas para beneficiar a unos cuantos, quieren medalla cuando esas mismas infraestructuras —ya sin los candados de antes— comienzan a operar en beneficio de la mayoría. Es como si alguien dejara un edificio en obra negra y, años después, regresara a cortar el listón cuando otro lo terminó y lo hizo habitable.
El PRI insiste en asumirse como el gran creador de las instituciones en México. Y sí, muchas nacieron en su época. Pero lo que omiten es el desenlace: cómo esas mismas instituciones fueron capturadas, deformadas y, en muchos casos, vaciadas por el propio sistema que las creó.
Ese es el verdadero problema: no la falta de ideas, sino la distorsión de su propósito.
Porque planear una obra no tiene mérito si el objetivo era convertirla en negocio. Iniciarla no es logro si se abandona. Y mucho menos se puede reclamar propiedad política cuando tuvo que ser otro gobierno el que la rescatara, la financiara nuevamente y la pusiera a funcionar.
Al final, la discusión no es quién la pensó primero, sino quién la hizo realidad para la gente.
Porque si algo queda claro con el Tren Interurbano y la conexión al AIFA es que entre “pensar” una obra y entregarla al pueblo hay una diferencia abismal: la voluntad política… y la ausencia de intereses ocultos.
Lo demás es nostalgia… o descaro.